Entrevista con Jorge G. Castañeda: Necesitamos una visión de futuro, no de pasado Ariel Ruiz Mondragón Milenio Semanal 26/06/2011 En su provocador libro reciente el ex canciller mexicano busca detectar algunos rasgos comunes del carácter de los mexicanos para, a partir de ahí, proponer una hipótesis de salida a la atrofiada situación actual del país. El interés por las peculiaridades de México y los mexicanos tiene ya una larga data. Esto ha dado origen a las más diversas reflexiones, especulaciones y análisis de muchos estudiosos que se dieron a la tarea de encontrar el “alma del mexicano”, la “identidad nacional” o el “ser del mexicano” (si es que algo así existe), con aportes que ya son parte de la cultura de nuestro país. Recientemente Jorge G. Castañeda publicó su libro Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos (México, Aguilar, 2011), donde realiza una exploración por los rasgos distintivos del carácter nacional, sustentado en lo que llama “tres fuentes de sabiduría”: los autores clásicos, los números (datos de encuestas, estadísticas y diversas investigaciones) y su propia experiencia personal. El autor destaca características como el individualismo, la aversión a la competencia, el rechazo al conflicto, la obsesión por una historia victimizada y el recelo ante lo extranjero, así como una muy endeble cultura de la legalidad, por ejemplo. Discute varios de estos temas en entrevista con M Semanal. Castañeda (Distrito Federal, 1953), doctor en Historia Económica por la Universidad de París La Sorbona, ha sido profesor en las universidades Nacional Autónoma de México, de Nueva York , Cambridge, Princeton y Berkeley. Autor de 15 libros, también fue secretario de Relaciones Exteriores de México entre 2000 y 2003. AR: ¿Por qué publicar en estos tiempos un libro que vuelve al tema del mexicano, que parece obsesión entre muchos estudiosos mexicanos? JC: Mexicanos y no mexicanos. Es muy importante subrayar que hay una muy sólida y rica tradición de introspección mexicana, pero también hay una rica y sólida tradición de mirada externa a lo mexicano, por gente tan talentosa como novelistas del tipo de Malcolm Lowry, D. H. Lawrence, Graham Greene; antropólogos como Óscar Lewis, fotógrafos como Tina Modotti o Paul Weston y pintores como Leonora Carrington (que acaba de fallecer). Es decir, esta es una tradición muy larga y muy rica que ha sido una parte casi permanente de la historia de México, por lo menos del último siglo. En segundo lugar, creo que en momentos difíciles como los que estamos viviendo ahora en México, en coyunturas complicadas, cuando la actualidad y cuando los árboles nos impiden ver el famoso bosque (por así decirlo), pues es un buen momento para tomar un poquito de distancia y ver desde más lejos lo que está sucediendo, y tratar de encontrar respuestas a las preguntas que todos nos hacemos pero que permanecen sin respuesta si nos quedamos demasiado cerca de la coyuntura. Ése es un poco el propósito de este ensayo, de este intento de tomar distancia: recular un poco y tratar de encontrar una respuesta a la pregunta clave (pero no la misma respuesta de siempre): ¿por qué si sabemos, más o menos, lo que hay que hacer, no lo hacemos y logramos que el país avance muchísimo más de lo que ya ha avanzado? AR: Usted abreva en lo que llama “tres fuentes de sabiduría”. Una es la “escuela nacional de clásicos” que han tratado el tema. ¿Qué se puede rescatar de aquella escuela? Cita, por ejemplo, a Emilio Uranga, Octavio Paz y Jorge Portilla. JC: Yo veo que muchísimo es rescatable en lo que se refiere a la búsqueda del “alma” o del “ser mexicano”, más allá de la descripción de ciertos rasgos o de un mundo que obviamente ya no existe; por ejemplo, toda la descripción que hace Octavio Paz del pachuco en El laberinto de la soledad o en otros escritos, pues ya no viene mucho al caso, al igual que otros que hay en otros momentos históricos, como los famosos Low Riders mexicanos y estadunidenses en ese país, cholos en el sentido de allá, no del Perú. No todo es rescatable, ya que muchas fueron generalizaciones equivocadas o basadas en datos que ya no son pertinentes; otras reflejan una manera de pensar de un momento que ya no es el mismo: un México todavía rural en el caso de Samuel Ramos y de Manuel Gamio. Un México analfabeta, apenas mestizo, ya que apenas se estaba volviendo realmente mestizo mayoritariamente (ése es uno de los mitos que tenemos en este país: que éste se volvió mestizo casi desde la Conquista. Pero no cuadran los números: no había suficientes españoles, o tendrían que haber sido extraordinariamente, digamos, fecundos o calenturientos, como se le quiera decir). Creo que sí hay mucho que rescatar, pero lo que a mí me interesa hacer, más que rescatarlos (aunque obviamente los cito in extenso) es ver qué de lo que dijeron hoy se puede confirmar o desmentir con el ya enorme archivo de información estadística, monográfica, de encuestas, de impresiones, de estudios cualitativos del que disponemos hoy y que ellos no tuvieron, lo que no invalida lo que ellos dijeron. Simplemente hoy ya tenemos todos esos datos y es un poco absurdo no usarlos. AVERSIÓN A LA COMPETENCIA AR: En el libro usted destaca ciertos rasgos distintivos del carácter nacional (que no identidad nacional) del mexicano. Pero ¿cómo caracterizar a éste cuando el país presenta tantos contrastes, mucha desigualdad, tanta diversidad cultural, pluralidad política y marcadas diferencias regionales? JC: A propósito, no busco y nunca uso el término “ser mexicano”, o incluso si uso el término “alma mexicana” lo pongo entre comillas, porque quiero distinguir entre estos rasgos de carácter nacional y la identidad nacional. Ésta es algo muchísimo más rico, más complejo, más sofisticado y más discutible justamente por las tesis de las identidades múltiples de otros países e incluso, quizá, de México; en nuestro caso, por la diferencia en la identidad de 90 por ciento de los mexicanos que está aquí y el 10 por ciento que está en Estados Unidos, pues, ¿de cuáles mexicanos estamos hablando cuando hablamos de identidad? Eso es algo que tiene que ver con la religión, con el idioma, con la cuestión étnica, con la historia, con 20 factores más. Estos rasgos de carácter son algo mucho más simple: son cuatro o cinco cosas que me parecen (a mí y a muchos) comunes a todos los mexicanos, sean del norte o del sur, sean ricos o pobres, sean mestizos, indígenas, europeos, del trópico o del altiplano. Me da lo mismo; es decir, me parece que esos rasgos son comunes a todos, aunque no conforman la identidad en su conjunto; son una parte de ella, pero no son la identidad nacional mexicana. Son simplemente características, una especie de parte de ese carácter nacional que hace que seamos de esta manera y no de otra. Por ser de esta manera somos distintos a otros, ¿por qué? Hay muchísimos países en donde la identidad nacional y la religión es católica; el idioma es el castellano y hay varios mestizos. Países con una gran diversidad regional, climática, gastronómica, etcétera, pues hay muchos, no somos el único. En cambio, sí creo que somos bastante especiales en cuanto a estos rasgos de carácter. AR: La primera parte del libro está dedicada a describir y atacar uno de esos rasgos: el individualismo. Pero también dice que algunos de esos rasgos nos permitieron constituirnos como nación. ¿Qué aspectos positivos tuvo antes el individualismo, por ejemplo? JC: Fue muy útil, por ejemplo, a pesar de ciertas formas dizque colectivas de trabajo y/o de tenencia de la tierra. Básicamente, el mexicano ha tenido siempre un tremendo arraigo individual a la tierra. Los ejidos colectivos fueron muy minoritarios, lo que siempre ha existido es la parcela individual dentro del ejido que nominalmente es colectivo, pero sabemos que en los hechos no, salvo muy contadas excepciones. Ese arraigo individual a la tierra, por lo menos quizá hasta los años cuarenta, permitió al país dos cosas: una, posponer por un tiempo el éxodo rural y permitir que mucha gente permaneciera en el campo, cerca de sus costumbres, de su terruño, de su familia y de su comunidad, y que no viniera a atiborrar las ciudades, como sucedió en algunas otras partes de América Latina, por ejemplo, o como sucede ahora en África. Eso fue útil. También ese arraigo individual del campesino en la tierra, al entregársele ésta no sólo en el cardenismo, sino incluso con Adolfo López Mateos, fue una manera de que estuviera contento (contento con nada, porque las tierras que se le entregaban no les servían para una pura chingada). Pero los campesinos estaban contentos porque querían tierras, y pues, tuvieron una parcela. Eso también tuvo cierta parte positiva en el sentido de mantener la paz social en el campo después de un momento de gran convulsión que fue la Revolución. Entonces tuvo su elemento medio positivo ese individualismo. Otro caso: por lo menos desde 1890, más o menos, un número muy importante de mexicanos escogieron y optaron por una salida individual a los retos que enfrentaban, que era la emigración a Estados Unidos, que empezó alrededor de aquel año. Esa emigración le sirvió enormemente al país, porque redujo la presión sobre el mercado del empleo, sobre la tierra, los servicios y muchísimas cosas más, y permitió generar algún tipo de remesa, mayor o menor en distintos momentos, y posibilitó establecer una comunidad mexico-americana en aquel país. Pero es una salida eminentemente individual: no se va una comunidad, se va un cuate de Tepatitlán, de Los Altos, de Michoacán, y luego se va otro, y luego lo sigue la familia, del mismo pueblo, durante tres o cuatro generaciones. Es un acto eminentemente individual. AR: Otro de los aspectos que usted señala es la aversión de los mexicanos a la competencia. ¿Por qué, si el mexicano es individualista, no le gusta la competencia, no le gusta destacar? JC: La competencia y el enfrentamiento, porque la competencia siempre implica conflicto, e implica también ganadores y perdedores: no hay competencia donde no gane uno y no pierda otro; de otra competencia no hay, a menos que sea falsa. La meritocracia significa que a los que hacen mejor su chamba, cualquiera que sea, pues les va mejor, y quizá se enriquecen, y a los que la hacen peor pues les va peor y a la mejor desaparecen. Eso es algo muy ajeno al carácter mexicano: no creemos en la meritocracia. Por ejemplo, yo recuerdo que, cuando traté de cambiar la Ley del Servicio Exterior en la Secretaría de Relaciones Exteriores, y para las promociones en el escalafón traté de reducir el peso ponderado de la antigüedad y aumentar el de los resultados de exámenes, de evaluaciones, de concurso, el viejo servicio se me alzó en armas. Sus integrantes decían: “¿Por qué tiene que ser eso? ¿Y la antigüedad, qué? ¿No vale?”. Tenía ganas de decirles: “Pues no”. ¿Qué es lo que debe valer? Exclusivamente criterios meritocráticos. ¿Eso quiere decir que vamos a fusilar a todos los de mayor antigüedad y a decir que no sirven? No; quiere decir que vamos a premiar mucho más a los que sí sirven que a los que no. Éso es una meritocracia (la que, por cierto, existe en Relaciones, en Hacienda, en Banco de México hasta cierto punto, y no mucho más). Eso es ajeno a nosotros; por eso, por ejemplo, no hay en este país (y lo vemos muy claramente en la prensa, en las universidades, en las editoriales) una jerarquía meritocrática evidente. Nadie puede decir (aunque cada quien tiene su opinión) que es mucho más prestigioso que te publiquen fotos o columnas en tal periódico que en tal otro, o en tal revista que en tal otra, o en tal editorial que en tal otra. Nadie puede alegar aquí que es mejor, pero infinitamente mejor, y valorado así por el mercado, ir al ITAM, a la UNAM, al Tec o a la Ibero; aquí no hay un Harvard, Princeton o Yale, no hay un Oxford o Cambridge, no hay una École Pratique de Hautes Etudes o Polytechnique, no hay ni siquiera una universidad de Chile o de Sao Paulo. La UNAM tiene dos o tres facultades que sí son consideradas mejores que las demás del país, pero no pasa de ésas; y a la inversa, el ITAM tiene un departamento, quizás dos, y el Tec también dos. Es decir, la idea de una meritocracia es ajena, porque implica competencia y enfrentamiento. |