Cualquiera que haya seguido de cerca la discusión en la plaza pública de Estados Unidos estos últimos años habrá tomado nota de dos informaciones, de importancia diferente. Por un lado, la inexistencia de un sistema nacional de salud, a la europea (NHS, Securité Sociale) o brasileña (SUS), ha dejado en el desamparo a decenas de millones de norteamericanos, a pesar de la creación del Obamacare, por Obama, obviamente, y del Medicare y Medicaid, por Johnson en los años sesenta.
Por el otro, debido a motivaciones variopintas, unas meritorias y otras reprobables en mi opinión, Claudia Sheinbaum conserva un muy buen cartel entre los pequeños pero crecientes círculos de la izquierda estadounidense, como Sanders, AOC y Mamdani, entre otros. Su popularidad proviene de tres factores: es mujer, creen que es de izquierda, anti-Trump y antiamericana (solo es cierto lo primero y lo último).
La conjunción de ambas realidades desemboca en una conclusión en alguna medida lógica, aunque falsa. A diferencia de Estados Unidos, donde impera la exclusión, el conservadurismo, la desigualdad y el desamparo, en México, donde gobierna el progresismo feminista y generoso, a partir del primero de enero habrá “healthcare for all”, un sistema de salud universal o SUS (supongo que el mimetismo con Brasil viene de Lázaro Cárdenas Batel). Algunas publicaciones o tweets incluyen una foto de Sheinbaum firmando el decreto-marco del 7 de abril de este año, que universaliza la atención médica para todos, contrastando eso con la catastrófica situación al norte de la frontera.
De acuerdo con Gemini, el SUS significa que “cualquier ciudadano podrá acudir al hospital o clínica pública más cercana, sea del IMSS, ISSSTE o IMSS-Bienestar, sin importar en cual esté asegurado o si no cotiza en ninguno, para una lista de padecimientos prioritarios e incidencias”. El proyecto incluye un expediente clínico unificado y credencial universal (cortesía de la Agencia Digital de Merino).
El pequeño problema o detalle radica en lo de siempre: el presupuesto. En la primera etapa (2028) se prevé el registro de 53 millones de mexicanos sin seguridad social; las siguientes etapas alcanzarían la cobertura total, hacia finales de sexenio. En realidad, se trata de una nueva pantalla de humo: los 53 millones que sí estaban cubiertos por el Seguro Popular, que luego dizque pasaron al fracasado y extinto INSABI, se transfirieron al IMSS-Bienestaren abril del 2024, y ahora pasarían al SUS. Pero el presupuesto total del sector salud casi no ha aumentado desde esa fecha: 18% en cuatro años, como 4% nominal al año, menos de 2% en términos reales. Entonces el SUS va a atender a 53 millones de personas más con recursos prácticamente iguales.
Si el presupuesto anterior a la ampliación fuera suficiente, el reto de cualquier manera resultaría mayúsculo: atender a un número mucho mayor, con dinero casi idéntico. Pero ya hasta Sheinbaum reconoce que el sistema no funciona. No alcanza para los derechohabientes de ahora, mucho menos para decenas de millones de más. La escasez de medicamentos, instrumentos, de otros insumos, y las lamentables condiciones de trabajo de médicos, personal de enfermería, etc., sólo se van a agudizar. No van a mejorar a pesar de visitas “piso por piso”, o de combates quijotescos contra la “burocracia”.
Para que entiendan los amiguitos progres de Morena en Estados Unidos, la intención de Sheinbaum es crear un Medicare for All (Cuidados de salud para todos, el grito de guerra de Sanders), sin un acompañamiento fiscal. Sería desastroso primero, e inviable después. Lo peor del caso es que desde 2018, con apoyo del BID, se le presentó al Peje, a petición suya, un proyecto de seguridad social universal, debidamente financiado con una reforma fiscal. Lo descartó. Hasta donde sé, Sheinbaum ni siquiera ha intentado rescatar, revisar, o consultar dicho proyecto. Prefiere venderles espejitos a los mexicanos, y estos prefieren comprarlos en lugar de pelear. Salvo los trabajadores del IMSS y algunos usuarios, que parece que ahora sí se han rebelado.

