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Elecciones, hartazgo y “más de lo mismo”

Jorge G. Castañeda

La sabiduría convencional y la corrección política generaron un consenso mundial aparente que rigió desde hace 20 años. Dio lugar a la creación del Euro, al tratado de Libre Comercio de América del Norte, a la entrada de China a la OMC, y la generalización de políticas de abertura de mercados en Europa del Este, la India, África y América Latina (en menor medida). Todo esto sucedió casi en automático, o ante la ignorancia o la inconveniencia de múltiples sociedades beneficiadas y perjudicadas a la vez por estas tendencias. La construcción europea, la globalización y sus efectos, y las vertientes regionales del libre comercio han generado muchas discusiones a lo largo del último medio siglo. Sin embargo, o bien como en el caso del Mercado Común, la Comunidad Económica, o la Unión Europea, se ha tratado de debates sobre la soberanía, la supranacionalidad y las ventajas de la integración regional, el anclaje de la democracia y del respeto a los derechos humanos; o bien, como en el caso de los efectos de la mundialización en Estados Unidos, México o América Latina, la conversación ha tenido lugar sólo entre especialistas o en el seno de la clase política. Hasta el Brexit, rara vez los intercambios políticos, retóricos e ideológicos abarcaron temas como el libre comercio propiamente tal, los ganadores y perdedores del mismo, la migración y la política económica. Todo esto empieza a cambiar.

 

Europa vive una especie de tormenta perfecta. Coinciden la ira contra situaciones nacionales críticas o exasperantes, y un agudo hartazgo con múltiples afrentas regionales. En Europa occidental y central, por parte de unos, impera un  hartazgo con el desempleo, con los refugiados sirios, con las costumbres musulmanas y con el Islam yihadista, con gobernantes a distancia, y con una sensación intangible de pérdida de identidad. Por parte de otros, se difunde la ira contra la discriminación racial y cultural, contra el desempleo de jóvenes marginados, contra universidades disfuncionales. El Estado asistencial más exitoso, más igualitario, y más eficiente de la historia se encuentra repudiado por dos clases distintas de adversarios.

En buena medida por motivos equivocados, los ingleses decidieron partir de la Unión Europea. Pero esas premisas falsas no deben ni pueden ser ignoradas, o subestimadas. Emergerán y se intensificarán en país tras país si no son atendidas. Los retos de los refugiados, de la migración, de la austeridad, del elevadísimo desempleo, de ese Estado asistencial que ya no entrega lo prometido, a pesar de una carga fiscal enorme y la disponibilidad de recursos cuantiosos para financiarse, deben ser enfrentados frontalmente. Sólo así podrá construirse “una unión cada vez más profunda” y una base de apoyo social —hasta ahora inexistente— para una Europa más integrada. Muchos de los arquitectos del ideal europeo (no todos: Jacques Delors fue una excepción notable) en los años 80 le prestaron insuficiente atención a la Europa “social”. Es cierto que hubo una decisión semiconsciente de mantener ese capítulo de la construcción europea en manos de los estados. Pero igual los “eurócratas” descuidaron la necesidad de mitigar los costos crecientes de la integración para amplios sectores, a lo largo de un período prolongado.

En Canadá, Estados Unidos y México estos asuntos han sido también muchas veces ignorados. La obsesión por el libre comercio durante las administraciones de Bush y de Clinton en los 90, e igualmente, por cierto, de varios gobiernos de México (uno de nuestros más connotados negociadores declaró que la mejor política industrial era no tener ninguna), imposibilitó políticas compensatorias o de mitigación. Veinte años más tarde, llegan Donald Trump y Bernie Sanders.

Sin llegar a aglutinar mayorías electorales, definieron los términos de los comicios de 2018. Han aprovechado los miedos y las preocupaciones del electorado norteamericano de ambos partidos. A veces de manera repugnante: el fanatismo de Trump al provocar el temor de una invasión de mexicanos o musulmanes. A veces de manera razonable, aunque exagerada: buscar un servicio nacional de salud como el de Canadá o como el de los británicos, para todos los norteamericanos. Estos nuevos temas de discusión, ausentes durante los últimos 20 años, son bienvenidos.

Desde la Gran Recesión en Estados Unidos de 2008-2009, así como entre 1994 y el año 2000, se crearon en ese país un gran número de empleos, muchos de ellos en la industria manufacturera de nueva cuña. La mayoría de esos empleos surgieron gracias al crecimiento de las exportaciones a China, México y países más pequeños con los que Estados Unidos negoció pactos comerciales como Chile, Perú, y Colombia, entre otros. Sin embargo, la trasferencia de millones de empleos a China y México en parte contrarrestó esta tendencia. Aun cuando se pueda argumentar que se crearon más empleos de los que se perdieron, que Estados Unidos se volvió más competitivo, que China se transformó en el nuevo Manchester del Siglo XXI, y que incluso México progresó, ese es un triste consuelo para los desempleados en los estados de Ohio, Pennsylvania, Michigan, Indiana, etcétera.

En Estados Unidos ha sido incluso más patente el hastío, que en ocasiones se transforma en desesperación, que abarca desde la rabia de jóvenes negros que no aceptan ya los excesos, con frecuencia mortales, de policías blancos, hasta la de “anglos” blancos y cincuentones, indignados por el discurso —y la práctica— “anti-cop” de los manifestantes. Se extiende, por supuesto, a quienes se han visto obligados a canjear un buen empleo en una fábrica de automóviles por otro de mesera en McDonald’s, de latinos hartos de vivir en las sombras y de ser objeto de redadas, deportaciones y racismo, y de “white old men” que no comprenden porque en las calles, parques, bares y estadios de sus comunidades se habla un idioma extraño. Y concluye con el creciente miedo de millones de norteamericanos de verse expuestos a un atentado de origen islámico de un tipo u otro: Torres Gemelas, San Bernardino, Orlando, etcétera.

El problema principal en Estados Unidos es el tipo de empleos que se generaron. A nivel macroeconómico no importa mucho. Pero para un hombre de 50 o 60 años que perdió su empleo de 30 dólares por hora, con beneficios de seguro social y de retiro, que seguramente no podrá aprender un nuevo oficio, y que si acaso sólo conseguirá un trabajo con la mitad del sueldo que percibía, sí importa y mucho.

Muy poco se ha hecho en las últimas dos décadas para ayudar a estas víctimas de la globalización. Se esperaba que los mercados laborales, de manufacturas y de capitales, resolvieran automáticamente este problema. No fue así. Hoy en día esas víctimas votarán por Trump o por una Hillary Clinton de izquierda, más proteccionista, más estatista, más “social”. Pero es la conjunción de estos temores y corajes con las consecuencias de la globalización dentro de Estados Unidos que ha generado el doble rechazo a la misma simbolizada por Donald Trump y Bernie Sanders.

En realidad no se consumaron grandes aprendizajes durante estos años. Las conversaciones sobre el Acuerdo Transpacífico, TPP, finalmente llegaron a una conclusión favorable en los últimos meses. Pero ello se debió a que no se incluyeron avances importantes en relación al Tratado de Libre Comercio de América del Norte, TLCAN, o la entrada de China a la OMC en 2001 en materia de protección de trabajadores norteamericanos o de respeto a los derechos humanos y laborales de los trabajadores en cualquiera de las dictaduras asiáticas. Tanto Clinton como Trump se oponen al TPP, aunque pueden cambiar o no de opinión después de las elecciones.

En México ha surgido una ola similar de sentimiento antiglobalización, lo que Hernando de Soto ha llamado “desglobalización”. Las expectativas sobre el TLCAN siempre fueron excesivas, para bien o para mal: se sobrevendió, y se sobrecriticó. El tratado trajo un alza importante en las exportaciones, pero no hizo nada para frenar la migración al norte. El tratado hizo que muchas empresas agrícolas o industriales se volvieran más competitivas, pero sólo produjo una alza efímera en inversión extranjera como porcentaje del Producto Interno Bruto. Comprometió a México a varias reformas económicas necesarias, pero nunca cumplió con la promesa del crecimiento. Desde 1994, la economía mexicana se ha expandido a menos de 2.5% en promedio por año, con números igualmente mediocres en productividad, empleos y salarios.

Lógicamente, los mexicanos no están contentos y aunque el TLCAN no es culpable de su descontento, la mediocridad generalizada que se vive en el país ha desatado un profundo sentimiento contra las instituciones en su conjunto, contra los partidos y los políticos. Este hartazgo se alimenta de escándalos de corrupción en el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto y de su partido, así como de recurrentes violaciones a derechos humanos, y de una nueva ola creciente de violencia.

Las elecciones, las encuestas y las anécdotas confirman el  mismo hartazgo. Solo que, a diferencia de Europa y Estados Unidos, se vuelca contra la corrupción, la prepotencia de magnates y funcionarios, la incompetencia y la mentira gubernamental, y el nuevo auge de la violencia, de todos contra todos. Por ende, no nos sorprendamos si en el 2018, México elige a un presidente producto de las mismas tendencias que Estados Unidos o Gran Bretaña.

En México se llevaron a cabo pocos debates sobre los efectos de la globalización. Las políticas necesarias para aminorar los efectos negativos en algunos sectores de la sociedad nunca se discutieron. No se diseñaron ni se adoptaron medidas para compensar o mitigar esos efectos negativos: por ejemplo, los precarios salarios del sector manufacturero y de exportación. En las nuevas plantas automotrices del Bajío, el salario obrero medio no llegóa 6,000 pesos. En los nuevos huertos de naranja en el norte de Veracruz, el jornal promedio es de 130 pesos. Dos de tres mexicanos ganan menos de seis mil pesos mensuales: un almuerzo caro pero no exorbitante en Nueva York. El país entero está ahora pagando el precio, y puede costarle aún más en el 2018.

Cuando el conjunto de estos hartazgos encuentra solo “más de lo mismo” en el gobierno y en la vida, quienes los padecen pueden perder los estribos, personal o electoralmente. Cuando conservadores y laboristas en Reino Unido ofrecen la misma tibieza ante la salida o permanencia en Europa, la migración o los mediocres servicios públicos y la austeridad a la alemana, los votantes enloquecen y mandan todo al diablo (en muchas partes se cuecen habas). Cuando demócratas y republicanos estadunidenses proponen a Clinton y a Bush (no los de 1992 sino los de 2016) como única solución al rechazo a una recuperación económica raquítica y a una confrontación social creciente, los electores tiran para el monte y se vuelcan por Trump. Debacle, misoginia, racismo y todo, más de 50 millones de norteamericanos votan por él. Obtiene una mayoría de los votos de los varones blancos de más de 40 años y sin una educación universitaria completa.

Si en México lo único que se le propone al electorado es una nueva versión de Peña Nieto y el PRI, o la reelección a través de la dupla panista de Calderón-Zavala, es altamente probable que los votantes opten por algo que no parezca ser más de lo mismo, aunque lo sea: Andrés Manuel López Obrador. Si lo es o no, tanto en México como en Europa o Estados Unidos, casi no importa.

La reacción popular contra el cambio disruptivo es inevitable, y a veces sirve de contrapeso a un liderazgo irreflexivo. La novedad hoy es la magnitud de la reacción en Europa y América del Norte, regiones que en opinión de muchos expertos y políticos experimentados se hallaban mejor preparadas que antes o que otras para hacer frente al cambio. A juzgar por la reacción de los electores en Gran Bretaña, Estados Unidos y México, ningún país está a salvo de los errores de sus líderes.

El hartazgo, como la naturaleza frente al vacío, aborrece el “más de lo mismo”.  En ausencia de otra cosa, quienes están hartos pierden el norte. Con algo de razón.

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