Díaz-Canel, dizque presidente de Cuba, acaba de anunciar que la isla no recibe combustible desde el mes de diciembre. Lo cual significa, entre otras cosas, que ni Rusia ni México entregaron un solo barril de petróleo durante enero. También quiere decir que México, por lo menos –pero obviamente Putin también– han acatado las instrucciones de Donald Trump de suspender los embarques de crudo a Cuba.
Esto nos aclara el diferendo que hubo entre Trump y la presidenta Claudia Sheinbaum. Como se recordará, él afirmó hace unos días que le dijo a Sheinbaum que cesara el suministro de petróleo a la isla; ella dijo que no habían hablado de eso, que sobre Cuba sólo hablaron Marco Rubio y Juan Ramón de la Fuente. Eufemismos aparte, Trump obviamente dijo la verdad y Sheinbaum no. No es la primera vez, ni será la última.
Hay otra divergencia a propósito de los posibles contactos o negociaciones entre Cuba y Estados Unidos. Trump ha dicho que sí hay pláticas; el MINREX de la Habana afirma lo contrario, dejando a un lado conversaciones técnicas como las que siempre han existido. El periódico ABC de Madrid sostiene –basándose sobre todo en un texto de hace poco más de una semana de Carlos Cabrera Pérez, periodista cubano con base en Miami y Madrid– que las pláticas sí han tenido lugar. Se celebraron en la ciudad de México desde la semana pasada, y participaron en ella, del lado cubano, Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl Castro y de Vilma Espín; y por el lado norteamericano, altos funcionarios de la CIA. El diario ABC incluso afirma que dichos encuentros tuvieron lugar bajo una especie de patrocinio o monitoreo por parte de México, y en particular de unos personajes siniestros de la Secretaría de Relaciones Exteriores.
Por ahora, es imposible saber si eso es cierto. Como cualquiera que haya estudiado la historia de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos desde 1959, es bien sabido que con frecuencia hay contactos. El libro de William LeoGrande y Peter Kornbluh, Back Channel to Cuba, los describe con gran precisión y veracidad. Cuando se produjo por fin el deshielo en 2014-2015 entre Washington y la Habana, las pláticas entre el mismo Castro Espín y Ben Rhodes del equipo de Obama, tuvieron lugar principalmente en Canadá. Y la mediación, cuando la hubo –ni a los cubanos ni a los Estados Unidos les gusta la interferencia de terceros– fue el papa Francisco I. Por lo tanto, no es para nada improbable que dichas conversaciones tengan lugar.
Lo que sí podemos afirmar sin mayor riesgo de equivocarnos es el contenido de dichas pláticas, así tengan lugar ahora o en el futuro cercano. Y ese contenido va en contra del sentido descrito por ABC y que suponen muchos posibles participantes en las mismas, como espectadores, mediadores o simples facilitadores: México, Brasil, Colombia. Para alguna gente partidaria de la dictadura cubana, las pláticas pueden y deben centrarse sólo en las reformas económicas que Cuba pueda o no llevar a cabo, y en la llegada, en un primer momento, de ayuda humanitaria, empezando por el petróleo, pero extendiéndose también a alimentos, medicinas y refacciones para las centrales eléctricas del país. En su caso, como siempre ha sucedido con ese tipo de negociaciones, La Habana liberaría a unos, no necesariamente a todos, los mil y pico presos políticos que sobreviven en las cárceles cubanas. No estaría en la mesa de negociación el cambio de régimen, es decir, el fin de la dictadura.
Me parece que esta visión peca de ingenuidad, de falta de entendimiento de lo que ha sucedido en Estados Unidos en los últimos años y de wishful thinking. O mejor dicho, too little too late. Rubio, quien obviamente dirigirá las negociaciones aunque no participe en ellas en persona, no va a aceptar lo que Obama y Rhodes admitieron hace más de 10 años. Van a exigir el fin de la dictadura, un cambio de régimen y todo lo que significa esto en un país como Cuba.
En vista de la situación catastrófica de la economía cubana y de que no hay ninguna solución a corto o mediano plazo que no incluya a Estados Unidos, Washington va a pedir lo lógico: desmantelar el régimen de la revolución. Esto significa: liberar a todos los presos políticos, un cronograma para celebrar elecciones en un futuro cercano, la participación de todos los cubanos (ya sea de la isla, ya sea de Miami), la plena libertad de prensa, de formación de partidos políticos, de manifestación y de oposición, y suspender a mediano plazo la Constitución actual de Cuba, que entre otras cosas prevé la existencia de un partido único. Pensar a estas alturas, en estas circunstancias, que Trump va a aceptar simples reformas económicas cubanas a cambio de poner fin a lo que ahora sí –no antes– es un bloqueo a Cuba, es iluso. Esa época ya pasó.
Cuba debió aceptar el subtexto de Obama: una paulatina apertura política que condujera con el tiempo a una transición democrática. No lo hizo. Tal vez porque Fidel Castro, todavía en vida, se opuso; tal vez porque le entró miedo a Raúl Castro; tal vez porque no está en el ADN de toda la dirección cubana el contemplar esa posibilidad. Hoy ya no hay opción.
Para mucha gente el quid pro quo parecerá excesivo. Para los cubanos de a pie que no comen, no beben, no tienen luz, no pueden transportarse ni ir a trabajar, no tienen medicinas, no tienen nada, tal vez sea un canje aceptable. ¿Es inmoral? Posiblemente. Aunque entonces habría que poner también en la balanza la moralidad, o falta de ella más bien, de todo el régimen cubano desde hace por lo menos 65 años. ¿Lo aceptará la nomenklatura cubana? Imposible saber. En una de esas, prefieren la inmolación.
Posdata. Hablando de inmolaciones, acepto la apuesta de Jorge Zepeda Patterson. Creo que el crecimiento del PIB en 2027 será más cercano al 0.3 % que al 3 % que él calcula. Es una especie de reto Pepsi.
