Se sigue afirmando, escribiendo y presumiendo que en el 2025 a México le fue mejor que a otros países del mundo en materia económica. Analistas norteamericanos, economistas competentes y partidarios serios de la 4T, embajadas y medios internacionales, repiten todos más o menos el mismo refrán.
Las explicaciones varían pero coinciden en numerosos aspectos. Los aranceles de Trump perjudicaron a México menos que a otras naciones, y el TMEC nos favoreció como a nadie ya que excluyó de los aranceles a bienes intercambiados de acuerdo con sus reglas. Por cierto, para eso fueron el TLCAN y el TMEC, es decir, nos favorecen en materia arancelaria desde 1994.
En segundo lugar, convergen muchos en proclamar que en comparación con otros países, por ejemplo de América Latina, los datos de México de deuda, inflación, balanza comercial, etc, son superiores. Como los inversionistas escogen dónde van en función de este tipo de cifras, prefieren venir a México que a Brasil, o Argentina, o Chile o Colombia. Asimismo, las guerras y el estancamiento en Europa, las dificultades de la economía china y las tensiones en Asia hacen que México, a pesar de sus tribulaciones, aparezca como un destino atractivo para la inversión, el comercio, la transferencia de tecnología, etc. La guerra de Irán aboga también en nuestro favor, ya que somos una zona de paz. Incluso nos fue mejor que a Canadá, con quien compartimos el acuerdo con Estados Unidos, ya que la estrategia genial, napoleónica, de la cabeza fría nos permitió librar con mayor holgura el lance con Washington.
Más aún, algunos observadores consideran que todas estas ventajas persistirán durante los próximos años. México logrará por fin un crecimiento por lo menos igual al de la era neoliberal, es decir unos dos por ciento anual. No es el paraíso, pero algo es algo. Y como la 4T distribuye mucho mejor que los neoliberales, esos dos puntos valen por lo menos el doble.
Es cierto que el delta del PIB no es una medida exacta ni perfecta del desempeño económico de un país. Es un agregado que esconde grandes desigualdades; no toma en cuenta muchos factores; si se mide en precios corrientes, favorece a los países ricos; si en PPP, a los pobres, etc. El presidente Sarkozy de Francia creó en 2008 una comisión especial para la medición de desempeño económico y el progreso social integrada por Joseph Stiglitz, Amartya Sen y Jean-Paul Fitousi, que entregó conclusiones interesantes que sin embargo no fueron adoptadas por una gran mayoría de gobiernos y de instituciones internacionales.
No obstante, el crecimiento del PIB reviste varios puntos a su favor. En primer lugar, permite comparaciones internacionales: más o menos, todos los gobiernos del mundo publican cifras del PIB y de su expansión anual, y las calculan más o menos de la misma manera (China, la India, algunos países africanos, Cuba y Venezuela representan posibles excepciones). Luego, este dato autoriza comparaciones en el tiempo: si un mismo país alcanza un desempeño económico mayor o menor este año que el anterior, que el decenio pasado, o el siglo de antes. Por último, el PIB conduce a comparaciones interesantes: deuda sobre PIB, gasto sobre PIB, gasto en educación sobre PIB, etc. El denominador tiene que ser el mismo siempre y para todos, de tal suerte que las cifras resulten comparables.
Por lo tanto, el corolario numérico de la tesis expuesta al principio de esta nota debiera aparecer en las estadísticas de crecimiento del PIB de diversos países, en particular los de América Latina (con economías de ingreso medio, como el nuestro) o de Estados Unidos y Canadá (nuestros principales socios comerciales). Pero viendo los datos de CEPAL para 2025 y sus estimaciones para 2026, no aparecen las equivalencias citadas.
Estados Unidos creció 2.2% en 2025, según el Bureau of Economic Statistics, esto es, casi tres veces lo de México. De acuerdo con Statistics Canada, ese país vio crecer su producto interno bruto 1.7%, el doble del nuestro. Según la CEPAL, a quien nadie puede acusar de ser hostil a la 4T, México en 2025 creció menos que cualquier otro país de América Latina, con la excepción de Cuba, Haití y Jamaica, los tres grandes tigres del Caribe. Brasil creció el triple de nosotros, Chile y Colombia igual, y Perú cuatro veces más. Omitimos Argentina porque su expansión fue en parte rebote de los años felices del peronismo.
Para 2026, la misma CEPAL estima que creceremos 1.3%, solo superando a Bolivia, Cuba, Haití, Jamaica y Trinidad y Tobago. De nuevo, Argentina (ya comparable), Brasil, Chile, Colombia, Perú y varios más disfrutarán de un auge económico significativamente superior al nuestro. A nosotros, entonces, nos va mejor en todo, salvo en el resultado: el delta del PIB.
Se pueden desenterrar múltiples explicaciones de esta paradoja. Tal vez no nos fue tan mejor que otros en materia de aranceles, etc, ni nuestras ventajas son tan evidentes. O quizás nuestras desventajas —reforma judicial, violencia, corrupción, mal gobierno, retórica incendiaria— rebasan las virtudes expuestas. O tal vez el PIB no importa, o lo mide mal la derecha. Pero si yéndonos mejor, nos fue peor, ¿que sucederá cuando nos vaya peor?
