Por fortuna se ha empezado a consolidar la costumbre en México de que personajes públicos -por buenas o malas razones- compartan su intención de voto en las principales elecciones del país. Lo vimos con varios desplegados en los comicios del 2024, pero desde el 2000, y de manera creciente en el 2006, 2012 y 2018, políticos, artistas, escritores, académicos, científicos, hasta poetas y músicos, compartían la manera en que iban a llenar la boleta tras la mampara en la casilla. Se trata, en mi opinión, de un avance democrático y personal de la vida en México. Lo que sucede en otros países no tenía por qué no ocurrir en el nuestro, sobre todo una vez que los concernidos fueron perdiendo el miedo a las posibles represalias de aquellos vencedores por los cuales no hubieran votado.
Por mi parte, por lo menos desde hace más de treinta años, he tratado siempre de hacer público mi voto. No es que le importara a nadie, pero porque me parecía una sana costumbre occidental que algún día se extendería a buena parte de las élites mexicanas. Sin embargo, en la próxima elección de jueces no sé muy bien qué hacer. No puedo contarle a mis escasos lectores por quién voy a votar, porque no tengo la menor idea de quiénes están en la boleta ni quiénes son. Tampoco quiero tomarme la molestia de seguir las supuestas campañas o informarme. A estas alturas son demasiados candidatos, para demasiados puestos, en demasiados sitios de la república. Me siento un poco perdido porque no puedo escribir lo que siempre he escrito: voy a votar por fulano de tal.
Entonces, me queda sólo compartir con el lector una decisión incómoda pero inevitable, para mí por lo menos. No les voy a decir por quién voy a votar, porque no voy a votar. A pesar de los llamados de amigos inteligentes e íntegros como Roberto Trad, simplemente no puedo convencerme de que valga la pena prestarse a la terrible farsa que son las elecciones del 1 de junio para elegir a una buena parte de los jueces de México, incluyendo la Suprema Corte y el Tribunal de Disciplina. Puedo, no obstante, confesar mis razones para no votar. Son las siguientes.
Me parece una barbaridad elegir a los jueces. O bien no se da en ningún otro país -salvo Bolivia, y fue un fracaso total– o bien donde existe el proceso -en Estados Unidos, por ejemplo- tiene poco que ver con lo que se hace aquí. Para empezar, los jueces en Estados Unidos son mucho menos poderosos que en México debido a la existencia de jurados. En segundo lugar, los jueces federales de todos los niveles, incluyendo desde luego la Suprema Corte, no son electos sino más bien propuestos por el Ejecutivo y ratificados por el Congreso. Elegir jueces por el sufragio universal, incluso en países con una larga tradición democrática, me parecería una aberración. En México es lo que sigue.
En segundo lugar, como ya dije, no tengo la menor idea de quiénes son los candidatos y dudo que salvo los líderes de Morena, los operadores del gobierno, y algunos integrantes del Poder Judicial actual, tengan la menor idea ellos tampoco de quiénes son. Y votar a ciegas me parece inaceptable. Todos carecemos de la información completa cuando votamos por candidatos a presidente, senadores, gobernadores, diputados y alcaldes. Incluso en muchos referendos en otros países, donde en principio el carácter binario del sufragio lo vuelve más fácil de entender, siempre votamos hasta cierto punto en la oscuridad. Pero de ahí a no saber ni remotamente quiénes son los candidatos, me parece que hay una brecha abismal.
En tercer lugar, es evidente que con una participación tan baja como la que ojalá haya -no hago proselitismo, pero preferiría que la mayor cantidad de gente hiciera lo mismo que yo- es inevitable que los que sí votan, porque lo hacen organizada e interesadamente, influyan de manera desproporcionada del resultado. Será el caso del gobierno y de Morena. Mandarán a votar a su gente por los candidatos que ellos mismos han propuesto. Y el narco, en los sitios donde influye -son muchos, parece- hará lo propio. Entonces, votar en una elección de esta naturaleza constituye una burla a cualquier proceso democrático. Prefiero no participar en él.
Y, por último, prefiero no ser cómplice de lo que claramente implica, para mí, la desaparición de la separación de poderes en México, y un debilitamiento extremo, si no es que la eliminación, de un Poder Judicial independiente. Se me hace perfectamente lógico y entendible que Morena y la 4T persigan estos objetivos. Todos los regímenes autoritarios de los últimos años, en múltiples países, se han volcado a la lucha contra el Poder Judicial, porque es el único que no está sujeto a los vaivenes de la opinión pública, o por lo menos no directamente. Trump quiere destituir a los jueces que fallan en su contra; Orbán, y el partido conservador polaco, lo han hecho en Europa oriental; y desde luego el chavismo en Venezuela, y el sandinismo en Nicaragua han procedido de la misma manera; Milei en Argentina anda por un camino semejante.
Que esto sea parte consustancial de una deriva autoritaria, y que haya que combatirla hasta donde se pueda, no me conduce a pensar automáticamente que la manera de luchar contra todo ello consiste en ser cómplice de una votación espuria. En conclusión, ese día ni siquiera buscaré mi casilla, ni trataré de escudriñar la inmensa e incompresible boleta que nos entregarán los funcionarios de casilla, agobiados por ser muy pocos para una elección tan grande. Me gustaría pensar que pocos mexicanos votarán. Lo veremos en junio.