Siempre habrá motivo para pensar que nos podría haber ido peor. Y gracias al pensamiento mágico mexicano, no faltarán quienes encuentren zonas de oportunidad o incluso ventajas con el desenlace provisional de la guerra de aranceles de Trump. El punto de vista contrario seguirá siendo minoritario y hasta marginal, en el país del eterno optimismo. Sigamos, pues.
México recibió exactamente el mismo trato que Canadá, que pasó por dos primeros ministros y varias posturas durante este par de meses. Probablemente entregamos mayores concesiones —enviar 10 000 tropas a cazar migrantes, deportar a 29 narcos sin debido proceso, permitir sobrevuelos de aviones espía y drones— que Ottawa, y disponemos de menos amigos. El miércoles el Senado estadunidense aprobó una iniciativa de ley que revertía los aranceles a Canadá. Sostiene que no existe emergencia nacional norteamericana debido al tráfico de fentanilo de un país a otro. No prosperará el proyecto, pero nos muestra que, en el Congreso, el país de la hoja de arce cuenta con fichas que nosotros no hemos conseguido, probablemente por no cultivarlas ni buscarlas. Asimismo, la exención de aranceles a la energía y al fertilizante a base de potasio canadienses no tiene un equivalente mexicano.
Trump decidió a quién imponerle aranceles y a quién no en función de sus propios criterios, no en respuesta a lo que sus homólogos en otras naciones hicieron o dijeron. Trató igual a Argentina o El Salvador que a otros países latinoamericanos cuyos mandatarios no le hacen la barba; al Reino Unido no le fue mucho mejor que a varios otros europeos, a pesar de la invitación a visitar al Rey Carlos.
No nos tocó —por ahora— el arancel generalizado de 10 %, como a una gran cantidad de países, pero nos infligieron otros daños, tal vez más nocivos. Ya Trump había impuesto el arancel sobre exportaciones mexicanas de acero y aluminio, que ayer se aplicaron explícitamente a la cerveza en lata —sobre todo Modelo Especial— y a latas cerveceras vacías.
Asimismo, el arancel generalizado de 25 % de hace un mes, del cual México y Canadá se salvaron por el T-MEC, resultó, como se supo desde el primer día, aplicable únicamente a las transacciones dentro del tratado, es decir, la mitad. Es cierto que muchos exportadores que hasta ahora han preferido acogerse al arancel de Nación Más Favorecida de 2.5%, pueden cumplir con los requisitos del T-MEC. Pero ni de inmediato, ni sin costos. De tal suerte que una proporción significativa de la mitad de las exportaciones totales a Estados Unidos que hoy se vende fuera del T-MEC se verá afectada por el arancel de 25 %.
Y luego está el arancel de 25 % sobre los automóviles importados por Estados Unidos, vengan de donde vengan. En el caso de México, debido al T-MEC y a la integración de la industria, los carros y autopartes fabricados aquí pagarán el arancel sólo sobre sus componentes no estadunidenses. Dependiendo de la marca y del modelo, estos pueden representar una parte importante de los casi 200 000 millones de dólares que exporta esta industria desde México. Para los que no tengan contenido estadunidense —los alemanes, los coreanos, tal vez los japoneses— el golpe será más rudo. Empezó ayer para los carros terminados, y arranca el 3 de mayo para las autopartes.
En consecuencia, la empresa Stellantis (ex Fiat-Chrysler) ya anunció el cierre temporal de las plantas en Windsor y Ramos Arizpe, obligando al despido de trabajadores en Michigan de fábricas que proveían de componentes a las instalaciones en México. Esto puede constituir una señal premonitoria del éxito o fracaso del empeño de Trump por repatriar la industria automotriz norteamericana a Estados Unidos, y por incentivar a los demás fabricantes a montar plantas en ese país. No es rápido el proceso —en el mejor de los casos construir una fábrica tarda dos años—, pero no es completamente ilusa la intención. México y Brasil, entre otros, edificaron una industria automotriz para el mercado nacional desde los años cuarenta, gracias a una forma de protección semejante (la primera armadora de Ford data de 1924).
En otras palabras, si se quieren ver las cosas de frente, no hay nada bueno para México en esta saga. No recibimos un trato preferencial; sí nos causa mucho perjuicio; las consecuencias pueden ser graves y duraderas. Queda la duda: ¿es preferible hacerse tonto y contarse cuentos, o reconocerlo? No sé.