Junto con muchos más comentaba yo, en mi nota de anteayer en El Universal, que uno de estos días la 4T y el gobierno de Claudia Sheinbaum tendrán que decidir si desean buscar en verdad una senda de crecimiento económico para el país o, si por convicción suya, por lealtad con sus bases, o por influencia de su mentor, seguirá por un camino que ya parece no tener retorno: el del estancamiento económico perpetuo.
Evocaba yo coyunturas parecidas en otros países, en otros momentos. Quizás la más interesante para el caso actual sería la de François Mitterrand en Francia en 1983. A pesar de sus compromisos de programa, de alianza y de enorme devoción de sus simpatizantes, Miterrand optó por lo que llamó “el rigor”, “la seriedad”, y plegarse a lo que era entonces la serpiente monetaria europea y las exigencias de la construcción europea y de los mercados.
Pero también comenté que el giro que tendría que dar Sheinbaum, como el de Mitterrand, o de Felipe González con el ingreso a la OTAN y a la Comunidad Económica Europea en la década de 1980 en España, es doloroso. No hay giros indoloros. Implican cambiar de personal, de discurso, de aliados en ocasiones, y obliga a concesiones desgarradoras en múltiples planos. En el caso mexicano es evidente que entre los cambios inevitables tendrían que figurar la derogación de la reforma judicial –prácticamente imposible– la cancelación de la reforma electoral en puerta, la reversión de la reforma a la ley de amparo; y una reinterpretación de las disposiciones constitucionales y legislativas a propósito de la energía en México. Nada de esto parece inminente; ni siquiera factible.
Una oportunidad pasada por alto parece haber ocurrido ayer. Cualesquiera que sean las razones de la partida de Alejandro Gertz de la fiscalía –enfermedad, cansancio, desacuerdo con la presidencia por el tema de Raúl Rocha, o Michoacán, o el segundo tirador, o cualquier otro que desconocemos– hubiera sido concebible que la sustitución de quien fuera jefe de seguridad pública de Cuauhtémoc Cárdenas y de Vicente Fox, se diera en el sentido de una mayor autonomía. Se sabe que, en teoría, la Fiscalía General de la República es autónoma y que los ministerios públicos federales que le responden también lo deben ser. Es evidente para todo el mundo que, piénsese lo que se piense sobre el desempeño de Gertz durante los años que ha permanecido en la fiscalía, ha sido todo menos que autónomo. Desde sus apariciones en las mañaneras hasta su acompañamiento a altos funcionarios de López Obrador y de Sheinbaum a reuniones con funcionarios de Estados Unidos, y muchas de sus declaraciones, la independencia del Poder Ejecutivo no ha sido una de sus características.
Sin embargo, la designación de Ernestina Godoy como sustituta de Gertz da al traste con cualquier viso posible de autonomía esperada y supuesta. De nuevo, más allá de sus virtudes o cualidades –que desconozco por completo– haber sido la consejera jurídica de la presidencia y la fiscal de la Ciudad de México cuando Claudia Sheinbaum era jefa de gobierno, aseguran una lealtad y subordinación completa de la fiscalía a la presidencia.
Algunos dirán que la idea misma de autonomía en este gobierno mexicano, o en cualquier otro, revela una enorme ingenuidad. No hay manera de que en un país como el nuestro, con las tradiciones y los usos y costumbres que rigen la vida jurídica y política del país, pueda haber en realidad una autonomía o libertad del ministerio público y de la procuración de justicia/Fiscalía de la República. Pero justamente ese es el tipo de gesto o de giro que Sheinbaum tendría que dar si quisiera avanzar por el rumbo de retomar el crecimiento. No es quizás lo más importante, pero el nombramiento sí encierra una gran trascendencia y simbolismo. Designar a alguien realmente autónomo, con personalidad propia, sin ligas cercanas con la titular del ejecutivo, mandaría una señal. Mandar a una colaboradora extremadamente cercana manda otra señal: la opuesta.
