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A informar y a decidir

En todas las sociedades democráticas, las grandes disyuntivas económicas, políticas, culturales y sociales son objeto de vigorosos debates, libres, abiertos y a veces también apasionados. En naciones modernas, plurales, informadas, no es posible, ni deseable, que todos sus integrantes estén de acuerdo, o que los acuerdos casi unánimes de ayer se perpetúen indefinidamente. México no es la excepción: sus habitantes convergen en algunas ideas centrales, y discrepan entre sí sobre una multitud de temas. Los consensos aparentes del pasado pertenecen a la historia, y son sustituidos por acuerdos mayoritarios acaso más frágiles, en ocasiones efímeros, y siempre sujetos a un nuevo debate. Lo que cuenta ya no es la dimensión de la mayoría, sino el derecho de la minoría, y el respeto a su postura. Hay que celebrar el debate que se ha iniciado entre los círculos políticos, sociales y académicos de la sociedad mexicana sobre la despenalización de la mariguana. El surgimiento de la discusión tiene varios orígenes: el combate renovado al crimen organizado con sus costos y resultados; las tendencias internacionales; los cambios en materia de derechos y costumbres aprobados en nuestra ciudad capital, vanguardia del liberalismo en México; la experiencia de diversos líderes latinoamericanos que los ha conducido a una necesaria y deseable revisión de políticas públicas y de actitudes personales. Ya nada debería coartar este debate. Por el contrario, conviene alentarlo, profundizar en sus múltiples vertientes. La primera condición para que una discusión de esta índole sea en verdad provechosa reside en la conducta de los participantes. Asumir posiciones, fundamentarlas y esgrimirlas sin ambages ni eufemismos enaltece el debate. Los ataques ad hominem, en cambio, lo denigran. Lo propio de un debate es que todos los participantes expongan abiertamente sus posturas, y asuman las consecuencias de las mismas. En México hoy, muchos sectores de la sociedad se oponen a cualquier tipo de despenalización de cualquier droga. Esa tesis puede ser tan respetable como otras, expresadas también en amplios sectores, que piensan exactamente lo contrario. Un debate de esta importancia para la nación debe trascender los afectos y las fobias personales, y centrarse en los argumentos expuestos por unos y otros. Descalificar una idea porque quien la defiende no cuenta con nuestra simpatía es absurdo; lo esencial es la idea, no la historia personal de su defensor, o detractor. Debemos desterrar de la discusión pública la embestida personal, los procesos de intención y la simulación indignada o sorprendida. Nadie puede tirar la primera piedra: quienes aspiran a conservar el status quo prohibicionista no sólo tienen derecho a hacerlo; su anhelo merece respeto sin que se sospeche de sus motivaciones. Aquellos que por un camino u otro hemos llegado a la conclusión contraria, a saber: que el enfoque punitivo del último medio siglo ha llegado a su límite, y que es tiempo de explorar nuevas formas de regulación de la mariguana que permitan despenalizar su consumo para fines personales, u otras alternativas más radicales, somos igualmente merecedores a ser escuchados con respeto. Pero si bien es cierto que todas las posiciones son respetables, también lo es que no todas son necesariamente equivalentes. La fundamentación científica e informativa, en un tema de tantas aristas como la legalización de la mariguana, es indispensable. Se trata de una dimensión ineludible para un debate que se presta a la objetividad y al avance en el conocimiento. En otras grandes discusiones sociales contemporáneas (pena de muerte o eutanasia, por ejemplo) las opiniones quizá deban pesar más que los hechos: al final, son asuntos que tocan lo más profundo de los sentimientos, las creencias y la historia individual de cada persona. Pero en el caso de la mariguana, al igual que ocurre con drogas lícitas como el alcohol, aun cuando puedan suscitar puntos de vista morales, deben ser sobre todo objeto de un análisis empírico, más bien frío, basado en la gran cantidad de información sustentada ya disponible. Son temas que, al discutirse en un contexto de respeto e información veraz, lejos de polarizar, tienden a acercar posiciones aparentemente disímbolas. Ese es el debate que México necesita, y el que seguramente determinará el desenlace de un proceso que tardamos demasiado en iniciar, pero que por lo mismo, es ahora, quizá más que antes, bienvenido. Ex secretario de Salud

19 agosto, 2013

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