En un país donde la palabra dicha o escrita vale poco, los pronunciamientos presidenciales deben ser siempre tomados con un grano de sal. Los mandatarios mexicanos suelen externar todo tipo de disparates -como Trump- que rara vez deben ser tomados en serio. En ocasiones, sin embargo, expresan una verdad, si no en sus mentiras, sí en sus excesos verbales. Esa verdad nos transmite algo de su pensamiento: “No se hagan bolas”; “¿Y yo por qué?”; “No me vengan con el cuento de que la ley es la ley”; “Si la norma va contra el pueblo y el sentido común, no le hagan caso a la norma”. No equiparo cada una de estas perlas con las demás; son simples ejemplos de un pensamiento sincero revelado a través de una puntada.
López Obrador disimulaba con relativa facilidad y habilidad sus sentimientos. Por lo tanto, no dejó demasiadas huellas de lo que pensaba realmente; resultaba difícil saber cuándo hablaba en serio y cuándo simplemente se burlaba de sus interlocutores, particularmente los energúmenos que asistían a las mañaneras.

Claudia Sheinbaum es un poco menos cínica, y un poco más transparente. De vez en cuando, manifiesta sinceramente lo que piensa. Cuando le preguntaron los trogloditas de la mañanera sobre la decisión de Daniel Ortega de suspender para siempre las elecciones en Nicaragua, primero respondió con su tradicional lugar común e indocto a propósito de la autodeterminación. Por cierto, no entiendo por qué la Cancillería o la Consejería Jurídica de la Presidencia o Arturo Zaldívar no le pueden explicar que el concepto de autodeterminación de los pueblos procede del derecho internacional y la descolonización. Fue de alguna manera acuñado, paradójicamente, por Wilson y Lenin al final de la Primera Guerra Mundial, a propósito de los movimientos independentistas en Asia y África, y consagrado por la ONU durante los años cincuenta del siglo pasado. No tiene nada que ver con el régimen interno de un país, cualquiera que sea. Podría yo ayudarle a Sheinbaum a conseguir una cita con Bernardo Sepúlveda, quien introdujo el principio en la Constitución en mayo de 1988. Fue canciller de Miguel de la Madrid, no de Venustiano Carranza.
Ahora bien, cuando se le insistió a la Presidenta, se comenzó a enredar. Cito: “Cada país decide, cada pueblo decida. Nosotros estamos a favor de la democracia, pero cada país tiene su autodeterminación [sic: como una bandera] y decide como se organiza. Hay otros presidentes que se han reelegido y que quieren reelegirse más veces… Pues cada país decide.”
Primero: es obvio que a ella no le interesa CÓMO cada país decide. En el caso de Nicaragua, es evidente que no decidió el país; decidieron Daniel Ortega y Rosario Murillo. Tampoco le interesa CÓMO cada país se organiza; parece haber en su mente una virtud original, tanto en Nicaragua como en Cuba. Hubo una revolución, sin duda con apoyo popular mayoritario, y de ese origen se desprende una continuidad “democrática” perpetua. Contra ese nacimiento impoluto, no hay vicio posterior que cuente. Para entender sus intenciones sobre la Ley de Audiencias, conviene recordar esto.
Pero lo más grave es el relativismo. Supongo que cada país tiene, junto con su autodeterminación, sus leyes. Alemania tuvo las de Nuremberg; cosa de ellos. Algunos países musulmanes tienen la sharía, y otros no tanto. Allá ellos; unos ponen en práctica la clitoridectomía o mutilación genital, y otros no. En algunos, las mujeres deben caminar tres pasos detrás de sus maridos, en otros no. Cada país decide.
