¿Nos conviene exportar tanto a Estados Unidos?

Varios diarios de Ciudad de México este viernes 4 de septiembre titulan su primera plana con el récord mensual de exportaciones mexicanas a Estados Unidos: sesenta mil millones de dólares en julio. Si uno concordara con la visión mercantilista y simplista del comercio internacional de Donald Trump y de Peter Navarro, debiera uno encontrarse feliz y orgulloso de esta cifra, ya que se traduce en un superávit con Estados Unidos para el periodo enero-julio de 2026 de 128 mil millones de dólares. En esta visión nada mejor que un superávit comercial, y nada peor desde luego que un déficit. Es obvio que una gran cantidad de economistas no comparten esta visión, y en Estados Unidos en particular ha sido muy criticada. Entre otras cosas, un superávit comercial o en cuenta corriente muy elevado se traduce en general como una salida de capital o de ahorro interno. Además, mucho depende de la composición del superávit o del déficit, y de las tendencias históricas.

Patricio Betteo

Pero en todo caso, más allá de esta discusión académica para la cual no tengo los instrumentos técnicos suficientes, los números mexicanos de los primeros siete meses del año sí deben generar preocupación en el Gobierno y entre muchos empresarios mexicanos. La razón es muy sencilla. Junto con temas de reglas de origen, del mecanismo de despliegue rápido en materia laboral, de barreras no arancelarias en México, y de muchos otros puntos que han sido incluidos en la negociación entre Washington y México sobre la renovación del T-MEC, dos de ellos se reflejan muy claramente en estas estadísticas. Seguramente son ya motivo de nerviosismo en Palacio, y motivo de regaño a los funcionarios mexicanos que se reúnen con sus homólogos en Estados Unidos.
El superávit comercial de México con Estados Unidos para los primeros siete meses de este año llegó a ciento veintiocho mil millones de dólares, un aumento de 34% en relación al déficit de noventa y seis mil millones para los mismos siete meses del 2025. Estas son las cifras del censo de Estados Unidos y no son exactamente las mismas que las del Inegi, la Secretaría de Economía y el Banco de México. Pero se parecen enormemente y las diferencias no son pertinentes. El superávit mexicano con Estados Unidos, a ojos de Washington, es decir, el déficit de Estados Unidos con México, es uno de los temas principales de preocupación de gente como Navarro y probablemente también de Lutnick, aunque Greer tal vez no sea tan insistente.
Si el déficit americano aumentó el 34 % a lo largo de los primeros siete meses del año, y no parece haber motivo para pensar que la tendencia se invierta en los cinco meses restantes, Estados Unidos va a poner el grito en el cielo o ya lo puso. Sobre todo, esto ha sucedido a pesar de los aranceles y de las complicaciones impuestas por Trump al comercio con México. Aranceles a un porcentaje variable de automóviles, al acero, aluminio, ya también a algunos productos agrícolas de manera temporal durante algunos meses. Si alguien cree que los negociadores norteamericanos no van a hacer de este asunto algo neurálgico en la negociación, no ha entendido al segundo gobierno de Trump. Más aún, es casi seguro que ya le hayan reclamado esto a los mexicanos, y ya los hayan regañado.
El otro lado de la misma medalla es nuestra situación con China. Como se sabe, otro de los litigios o diferendos entre México y Estados Unidos en la renovación del T-MEC, y en términos comerciales en general, ha sido el abultadísimo déficit mexicano con China: importamos desde hace tres o cuatro años casi doce veces más que lo que exportamos a ese país. En el caso de los primeros siete meses del 2026, nuestro déficit con China aumentó 11 %, a pesar de los aranceles de 50 % que la Secretaría de Economía le impuso a ese país. Que hayan llegado menos automóviles BYD a México en estos siete meses es, en primer lugar, incierto, pero en segundo lugar irrelevante en vista de las cifras agregadas. El déficit mexicano con China alcanzó, para los primeros siete meses, a 75-76 mil millones de dólares y se perfila en casi 140 mil millones de dólares antes de que termine el año. Las importaciones mexicanas desde China siguieron creciendo al 2.4 % anual. Estos números son los que esgrimen los negociadores norteamericanos cuando se sientan con sus colegas del sur de la frontera. México será capaz de reducir un poco algunas compras, pero no en cada rubro. Sabemos que una buena parte de esa enorme cantidad de importaciones mexicanas desde China son reenviadas de una manera o de otra a Estados Unidos. La economía mexicana, es decir, el consumo mexicano, no tiene la capacidad de absorber semejantes cantidades de importaciones procedentes de China: serán casi 130 mil millones en 2026.
Por lo tanto, como en todos estos asuntos, conviene mirar un poco más allá de la primera cifra, la que aparece en las primeras planas de los diarios mexicanos, incluso los más serios y respetables. Hay algo en la relación de comercio entre México, Estados Unidos y China que no está funcionando de acuerdo con los anhelos de Donald Trump y su equipo. Si a eso le sumamos el regaño al gobierno a propósito del incremento en las llegadas de indocumentados mexicanos a Estados Unidos también en el mes de julio, y la deportación persistente de mexicanos de Estados Unidos a otros países que no son el suyo, vemos que las cosas son un poco más complicadas que los elogios, que siempre habría que tomar con un grano de sal, de la DEA y otros a altos funcionarios mexicanos (remember Gutiérrez Rebollo y García Luna). Seguro todo esto está siendo cuidadosamente estudiado por los colaboradores de la presidenta Sheinbaum, junto con qué hacer ante la reunión de cancilleres de la OEA sobre Nicaragua, programada para el 17 de septiembre, es decir en dos semanas.

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