¿Qué pasa si a Trump lo barren en noviembre?

La semana pasada amenacé con entregarle a los lectores mis razones para pensar que era falsa la tesis de la 4T sobre las consecuencias de una derrota de Trump en las elecciones de medio periodo en Estados Unidos en noviembre. Antes, sin embargo, quisiera volver sobre mi reflexión de la semana pasada a propósito de lo que en Estados Unidos se suele llamar una “sorpresa de octubre”, a saber, la idea de que justo antes de una elección importante en noviembre el presidente puede sacarse un as de la manga en octubre y voltear los números y los resultados. El término viene, por lo menos en tiempos recientes, de 1980, cuando Jimmy Carter trató de rescatar a los rehenes norteamericanos capturados en Teherán. 

La sorpresa de octubre, en este caso para México, pero procedente exclusivamente de un cálculo electoral interno de Trump, podría ser la prohibición de exportaciones de diésel de Estados Unidos. Nuestro vecino se convirtió en un exportador neto de crudo hace varios años gracias al fracking, pero también es un exportador muy importante, el más grande del mundo, de diésel. Y el principal comprador de diésel estadounidense es México. El precio del diésel ha llegado a más de 6.50 dólares por galón. En Estados Unidos hay quienes piensan, incluyendo varios senadores republicanos importantes, que sería conveniente prohibir la exportación del mismo para aumentar la oferta y bajar los precios. 

David Peón

Aunque algunos simpatizantes de la 4T estimen que México ya sólo importa el 20 % de nuestro consumo de diésel desde Estados Unidos, esa cifra excluye los envíos desde la refinería de Deer Park de Pemex en Houston. Pero si consultamos las cifras de la EIA, éstas incluyen el diésel proveniente de esa refinería que ellos consideran como una exportación de Estados Unidos, mientras que la 4T considera que Deer Park forma parte de la soberanía energética. Es cierto que es propiedad completa de Pemex desde el sexenio de AMLO, pero también es cierto que una prohibición presidencial a la exportación de diésel de Estados Unidos también se aplicaría a dicha refinería, a menos de que Trump quisiera hacerle un regalo a su querida Claudia Sheinbaum. De no ser el caso, nos quedaríamos sin los 90 mil barriles diarios de diésel que vienen de Deer Park.

Pero volviendo a lo que propuse comentar la semana pasada, la idea de que un Trump debilitado por la pérdida de la mayoría republicana en la Cámara Baja, e incluso en el Senado, pueda amarrarle las manos, debilitarlo, y volverlo más amable, blando, flexible, hasta amistoso, con México (y por cierto también con Cuba) no corresponde a la historia reciente de Estados Unidos. Tengo poco que agregar a lo que sostuvo en su columna de El Universal esta semana Jorge Lomónaco, pero conviene reiterarlo. Cuando un ocupante de la Casa Blanca ya entra a los últimos dos años de su periodo –como es el caso de Trump– y se queda sin mayorías en el Congreso, como parece que va a suceder, suele dedicarse más que nunca, más que antes, a cuestiones de política exterior. El margen de maniobra en materia externa es mucho mayor para el ejecutivo norteamericano que asuntos de política interna: económica, social, educativa, de salud, o incluso migratoria. Trump se vería reducido a ser un simple mandatario saliente, ya casi paralizado en todo lo que toca a cuestiones internas. Pero al igual que muchos de sus predecesores, por lo menos desde Nixon antes de su renuncia en 1974, podría desplegar una intensa actividad en el exterior, y además satisfacer los requisitos descomunales de su ego descomunal. Podría iniciar nuevos operativos estilo Venezuela o Irán en varios países; tratar, probablemente en vano, de lograr algún tipo de acuerdo entre Ucrania y Rusia para conseguir su tan anhelado Premio Nobel de la Paz; y desde luego, actuar de manera más agresiva, estridente, incluso belicosa, con países que lo obsesionan: Canadá, México, en menor medida Cuba, Irán desde luego, Sudáfrica, y la Unión Europea.

Esto no significa que a finales de noviembre vaya a lanzar misiles sobre laboratorios en Badiraguato, ni que mandará a un comando de Rambos a extraer a Rocha Moya o a Andy o a Adán Augusto. No se trata de eso. Pero sí conviene entender que la idea de que un presidente norteamericano ya de salida, sin mayorías, es un presidente más pasivo, más débil, más constreñido en materia de política exterior es una quimera. Quienes creen todo eso harían bien en estudiar un poco la historia de los presidentes norteamericanos lame ducks, y sin mayoría.

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